El virus Quijote
Tomado de La Tercera online de Chile
Fecha edición 12/03/2005
Autor: Rodrigo Fresán.
UNO:
El comienzo es inequívocamente raro, único, novedoso y, paradójicamente, inolvidable teniendo en cuenta que de lo que aquí se habla es de una primera línea que sólo pide el consuelo de la amnesia. "En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme
". Y nos decimos ¿qué pasa aquí?, ¿cómo es posible que una novela -animal que genéricamente no es otra cosa que una forma sublimada de la memoria- arranque buscando el olvido?
DOS:
Enseguida se comprende y se sigue comprendiendo cuatro siglos más tarde: Cervantes escribió su opus magna con la certeza de que sería algo inolvidable. De ahí la boutade del principio. Cervantes sabe que más que escribiendo está fundando: novela moderna, antihéroe atemporal, metaficción y autorreferencia, libro que se nutre de otros libros a la vez que los destruye, pasen y vean y... Leo que Sigmund Freud quiso aprender español para poder diagnosticar mejor los síntomas de su patología. Leo que Thomas Mann celebró la particularidad de "este héroe que vive de su propia glorificación". Leo una carta del siempre patológico y muy macho Ernest Hemingway donde asegura que no tendría problema alguno en pelear veinte rounds con Cervantes "en su propio Alcalá de Henares" y "hacerlo mierda" aunque "Mr. C es muy astuto y después de esto se entrenaría fuerte y, seguramente, me ganaría a la hora de la revancha".
Leo también que Jorge Luis Borges lo leyó por primera vez en inglés antes de pasárselo a su Pierre Menard, y que Anthony Burgess lo descubrió en catalán, y que James Joyce en algún momento lo consideró como cimiento para su obra maestra pero que, finalmente, optó por La Odisea por considerarla una trama más épica y, por lo tanto, más digna de ser vulgarizada. Y leo también que Martin Amis -tras los pasos de su admirado Nabokov, quien lo definió como "uno de esos libros que quizá sea más importante por su difusión excéntrica que por su valor intrínseco"- no dudó a la hora de clavarle una lanza definiéndolo como magistral pero, también, "imposible de leer", "aburrido en un 75%", "comparable al más insoportable y repetitivo y disgresivo de tus parientes". En cualquier caso, para Amis es también "la sopa primal de la ficción" y "una idea hermosa" cuyos principales méritos están en aquellos otros libros y épocas en las que influyó, más que en los tiempos y el libro mismo donde habita y ocurre.
No importa: está visto que el Quijote mantendrá siempre su formidable potencia tóxica, sus muy contagiosos buenos modales de virus maleducado.
TRES:
Y si los editores fueran personas más honestas y menos preocupadas por economizar gastos, todo Quijote debería venir con un sticker de advertencia que advirtiera ya desde la portada lo que ocurrirá cuando abramos el libro y respiremos el perfume vicioso que se desprende de sus páginas. Advertencia: El Quijote no sería otra cosa que la traducción a novela de un síntoma un tanto psicótico: la voluntad de vivir y de protagonizar y de cumplir el deseo de la vida, la fantasía en la realidad. Y, sí, es de esta voluntad tan épica como delirante, creo, es que surge lo quijotesco, el virus, la fuga radiactiva, la fiebre, la alucinación, la epidemia y, last but not least, la ambigüedad. Porque Don Quijote es también Alonso Quijano. Y es, en principio, Quijano quien se deforma a sí mismo y se propone -enloquecido por la lectura de libros de caballería- convertirse en el definitivo paladín. El Quijote no es otra cosa que el sedimento real de esa ambición loca, lo que queda, lo que resulta, la sustancia despierta e insomne y cansada de ese sueño.
De este modo, ser quijotesco vale tanto como elogio e insulto, como virtud y defecto. No es Quijote -alguien felizmente perdido y encontrado en su auto-leyenda- quien determina su rango y poderío, sino aquellos que interactuamos con Quijote a lo largo de sus andanzas y lo calibramos y, finalmente, abrimos y cerramos un juicio sobre su persona y su personalidad. Así: Don Quijote como aleccionador sinónimo de caerse una y otra vez del caballo de la fantasía para ir a dar con los huesos al duro suelo del muy real ridículo.
Don Quijote casi como uno de esos comerciales contra la droga o contra el conducir a alta velocidad. Don Quijote como aquello que te puede llegar a ocurrir si te pasas de la raya y del semáforo. Así, si -según el grabado de Goya- "el sueño de la razón produce monstruos"; entonces, cuando de Cervantes se trata, "el sueño de lo irracional produce Quijotes".
CUATRO:
Y aquí vienen, claro, Ignatius Reilly y Gatsby y Kurtz y Tom Jones y Marcel y Samsa y Augie March y Martín Romaña y Seymour Glass y Billy Pilgrim y Tristram Shandy y T. S. Garp y Hans Castorp y no olvidemos, claro, a Anna Karenina y Madame Bovary, enloquecidas de amor por las poluciones de novelas románticas.
Y uno de esos misterios históricos o histéricos en el que recién ahora reparo: Suele poblarse a los manicomios con Napoleones. Creerse Napoleón -creerse un guerrero verídico, un emperador real- es síntoma inequívoco de locura. Es el cliché del estar loco. Curiosamente, no conozco habitante de loquero alguno -real o imaginario- que esté allí por creerse Quijote. ¿Por qué esta ausencia de lógica a la hora de perder el sentido de lo lógico? ¿No deberían los manicomios estar repletos de Quijotes más que de Napoleones?
Sólo se me ocurre una explicación para esto: creerse otro; otro que existió y cuya carrera desborda éxitos y hazañas, es de locos. Creerse alguien nuevo y épicamente perdedor es algo o alguien que nadie quiere creerse. Ni siquiera los locos, tal vez más interesados en sentirse genios estratégicos y emperadores todopoderosos.
Para creerse Quijote hay que ser Quijote. Y hay que estar siempre afuera y nunca entre desquiciados. En este sentido, un Quijote encerrado no tiene sentido alguno. Y aquí va una buena manera de sintetizar a la novela de Cervantes pensando en el Quijote como en una suerte de thriller espiritual protagonizado por un detective todavía más solipsista que Sherlock Holmes. Algo así: en el Quijote alguien busca su razón de ser mientras pierde la razón y, al recuperar su razón, pierde su razón de ser. Y, por lo tanto, se muere. El misterio es si muere feliz o no.
Y es este misterio sin resolver -este virus sin cura- el que, por suerte, cuatrocientos años después y sumando, nos impide olvidar ese lugar de La Mancha.
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JoseLuisSanchez - 12 Mar 2005
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