Don
Quijote y Sancho de perfil
Acuarela de Salvador Dalí
Verdad
y aventura de dos manchegos
por Francisco Umbral
Tomado de El Cultural
La eternidad de este libro está en que no ha perdido el encanto de la aventura, pero anuncia ya el enlagunamiento de la reflexión, pues en El Quijote, novela de aventuras, reflexiona todo el mundo, los duques, el barbero, el cura...
El
Quijote es una novela a dos voces, un relato duplicado donde cada
episodio, cada novedad, cada sorpresa es pasada primero por el filtro
fino y retórico del Caballero, y luego por el filtro grueso,
tosco y verídico del escudero. O bien al revés.
Mediante este juego comprobamos que lo que es verdad en una voz es
mentira en la otra y a la inversa. Así, en el Discurso de las
Armas y las Letras don Quijote dice la verdad y su verdad, adelgaza
la voz hasta el punto de que a quien se oye, detrás de él,
es a Miguel de Cervantes predicando a los españoles. Y cuando
Sancho Panza refiere, por ejemplo, los palos que le han dado en el
famoso manteo, todo tiene verdad inmediata, pero también
advertimos cuándo y cómo el escudero se da a
exagerar.
Así, más que dos siluetas estilizadas
o caricaturizadas, lo que camina por los campos de La Mancha son dos
lenguajes, dos maneras distintas de hacer el castellano, dos estilos
igualmente vigentes en aquella España. En El Quijote la
clase media no tiene voz porque en tales Españas no había
clase media. Unos hablan castellano antiguo –antiguo ya para
Cervantes y sus lectores– y otros hablan el argot del pueblo,
que no es antiguo ni moderno, que ha estado siempre ahí,
cargado de verdades pero también de tópicos y de
repeticiones.
El Quijote es una novela a dos voces, sí,
un relato duplicado donde cada episodio, cada novedad es pasada
primero por el filtro retórico del caballero y luego por el
filtro grueso del escudero. De esta manera cervantes nos va dando el
anverso y el reverso de todas las cosas y establece consigo mismo una
dialéctica del conocimiento. En esta dialéctica, Don
Quijote tiene el papel lucido de la lógica cartesiana, aunque
con frecuentes escapadas a una retórica perteneciente al
primer barroquismo, una retórica anterior a Quevedo, por lo
que se refiere a España. Las paradojas y los juegos de ideas o
de palabras, que Quevedo, por ejemplo, habría resuelto con una
frase escueta, quizá un verso, Cervantes se deleita en
alargarlo, alambicarlo, prosificarlo y convertirlo en un ramal del
camino discursivo. Porque Cervantes no es barroco evidentemente,
Cervantes es anterior a la frase abultada, pero tampoco es un
filósofo romano y escueto que pretenda reducirlo todo al
latín. Cervantes es la libertad oratoria a la busca de la
paradoja o lo que salga, el puro placer de hablar elocuente, y
Quevedo viene después con un desconcertante juego de
laconismos y curvaturas estruendosas y musicales.
Estudiaba
Borges este asunto llegando a la conclusión de que el mayor
encanto del libro está en ese vaivén entre lo culto y
lo popular, tan delicadamente llevado por Cervantes y que tanto
ameniza la novela. El Quijote es libro que puede leerse como
novela de aventuras, alegremente, y puede leerse como ejercicio doble
y múltiple del castellano, o sea estudiarse. La avalancha
continua de la acción hace de El Quijote una novela
moderna, al par que las otras Novelas de Caballerías que
Alonso Quijano había leído. El libro está
saliendo de la Edad Media y la Edad Media fue pura acción,
dinamismo, guerra y aventura. El Renacimiento, que vendría
enseguida, no es un remanso de paz y belleza, como ahora nos
imaginamos, sino que el Renacimiento lo hicieron los señores
feudales, los alcaldes, los gobernadores en guerra consigo mismos o
con otros. El Arte y la Literatura vienen luego a situar las cosas y
establecer una paz retrospectiva. En ese delgado equilibrio histórico
se mueven Don Quijote y Sancho.
Esto se ve mucho más
claro si comparamos El Quijote con la novela del siglo XX.
Marcel Proust, Joyce, Thomas Mann, Huxley, Musil, etc., inventan la
novela de reflexión, de inacción o de acción
interior, pensativa, psicologista o puramente lírica, llegando
a la “prosa del Arte”, que es como nuestro inolvidable
Lázaro Carreter definía este género. Se trata de
una reacción muy fuerte, aunque elegantemente llevada, contra
la novela quijotesca, que no había perdido vigencia pero sí
categoría social, descendiendo de los caballeros andantes a
los burócratas galdosianos, por ejemplo.
La acción,
la aventura, anda ya por alturas siderales, con la ciencia/ficción,
de modo que no hay parentesco con El Quijote y demás
picarescas y caballerías, salvo el curioso episodio de Sancho
en caballo artificial, que es efectivamente un cuento de
ciencia/ficción prodigiosamente adelantado en el tiempo.
Precisamente, lo que fascina al lector de la serie negra o
del western o de los piratas es la novela intelectual, la aventura
inmóvil de Kafka, la herborización de la novela en
otras mil novelas interiores, como se da en El Quijote. Toda
la novela del siglo XX ha sido estática, conversacional,
meditabunda, psicologista, irónica y perezosa. Hay que volver
a los griegos para encontrar una narración tan viva y alocada
como El Quijote. La eternidad de este libro está en que
no ha perdido el encanto de la aventura, pero anuncia ya el
enlagunamiento de la reflexión, pues en El Quijote, novela de
aventuras, reflexiona todo el mundo, los duques, el barbero, el cura,
etc... En una palabra, reflexiona Cervantes sin cesar, y ahí
se distancia de sus modelos, las novelas de caballerías.
La
novela moderna ha ido pasando al ensayo narrativo, que llega a su
límite con el relato corto, inmóvil, sugestionante en
su quietud. Pero siempre ha habido guerras y las habrá. Y
siempre ha habido hombres que, al margen de la política y la
rapiña, se han lanzado a la aventura quijotesca de Médicos
sin Fronteras, a la peripecia medieval/renacentista de ayudar al
guerrero, de atender al caído, de asumir al niño, de
defender a la mujer. Cervantes, gran escéptico, deja fluir de
sí la elegancia sentimental de cuando fue soldado y
prisionero. Su personaje sigue siendo un modelo de anarquista del
bien, y eso nada tiene que ver con la busca del tiempo perdido, la
montaña mágica, el Ulises y toda la novelística
intelectual, desde Faulkner a Samuel Beckett.
Un centenario es
todo lo contrario de un entierro. Don Quijote y Sancho, vivos y
parleros, se alejan, avanzan hacia el sol caedizo de la tarde. El
mundo es suyo, y su libro es del mundo. Una luz entre dos años,
entre dos siglos, hace verdad y mentira el libro que hemos leído.
Esto es una novela. “Que me place”, diría Don
Quijote.
-- JoseLuisSanchez - 11 Mar 2005
| ClasificarRecurso | |
|---|---|
| AreasYMateriasEducativas: | |
| NivelesEducativos: | |
| CiclooCursodeAplicacion: | |
| TipoRecurso: | |
| TemAtica: | IVCentenarioQuijote |