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JuanCarlosGonzalez - 29 Oct 2004
JAVIER PEÑA:
LA CIUDADANÍA HOY: PROBLEMAS Y PROPUESTAS
Universidad de Valladolid. 2000.
Este libro es un excelente análisis de la ciudadanía, concepto central de la filosofía política de nuestros días. El profesor Peña expone las diferentes definiciones de este concepto, las diferentes perspectivas, realizando una valoración de las ventajas en inconvenientes de cada una de ellas. Liberales, republicanos y comunitaristas son los principales modelos. Además, al ser la ciudadanía el eje de toda la teoría actual, ha de ser relacionada con otros problemas como el nacionalismo, el multiculturalismo, los derechos sociales y la democracia.
En el libro la concepción universalista de la ciudadanía es presentada como más razonable. El nacionalismo y el comunitarismo parecen más inconsistentes. La idea de una cultura o una nación con unos rasgos delimitados, que generen identificación y participación política, es casi descartada. Sin embargo, quizás el nacionalismo y el comunitarismo no necesiten esas precisas delimitaciones objetivas para funcionar coherentemente en la práctica.
J. C. González
ANISI, DAVID: CREADORES DE ESCASEZ.
ALIANZA EDITORIAL.1998
El Estado de Bienestar es el sistema económico y social instaurado en los países de Occidente, aunque no en todos de forma efectiva, tras la II Guerra Mundial y que se basa en las propuestas realizadas por Keynes y que son el aumento del salario real y de los beneficios y la consecución del pleno empleo. Éste último, pilar básico del Estado de Bienestar, es en torno al cual se sostiene, y sin él no cabe hablar de tal sistema. Aunque se crea en la década de los 40, la necesidad de un sistema como el Estado de Bienestar viene de atrás. Ya en los siglos anteriores y debido a las malas condiciones de vida de los trabajadores de las empresas capitalistas se empezaron a crear sindicatos y organizaciones de ideología marxista que se oponían al poder del mercado por no considerarlo equitativo.. Así el clima social empeoró y los costes de mantenimiento del orden social aumentaron y se empezó a ver la necesidad de la intervención del Estado.
Además de esto, la experiencia comunista en la URSS a principios del siglo XX y sus buenos resultados hizo reflexionar a Occidente sobre el poder del mercado e hizo ver que éste no proporcionaba bienestar a la mayoría y no conseguía el pleno empleo.
Por todo esto, se creó después de la II Guerra Mundial, el Estado de bienestar para contrarrestar la amenaza que suponían los países comunistas y su poder militar y para combatir la situación interna que tenían los propios países occidentales.
La instauración del Estado de Bienestar no sólo trajo consigo consecuencias en el ámbito económico sino que también implicó transformaciones en el sistema de valores de la sociedad, como por ejemplo la incorporación de la mujer al trabajo.
Pero pronto se empezó a resquebrajar el Estado de Bienestar, así, debido al aumento de la productividad las empresas se vieron obligadas a crear la suficiente demanda para absorber ese aumento de producción. Debido a esto los salarios aumentaron pero por encima de lo inicialmente convenido en el Estado de Bienestar. También se incrementó el gasto público superando los niveles previstos, todo con el fin de sustentar el pilar más importante: el pleno empleo. Pero debido al aumento de los salarios reales el tipo de beneficio cayó, es decir, se redujo el beneficio del empresario y el poder de mercado del capital se vio reducido.
También hay que tener en cuenta que el Estado incumplió un punto importante del pacto keynesiano, ya que pasó de canalizar las necesidades públicas hacia el mercado a ser él mismo un productor de esas necesidades públicas.
En 1973 se produjo un hecho importante que afectó al Estado de Bienestar como fue la crisis del petróleo, que para Occidente en realidad fue una crisis de oferta ya que debido a la importación de esa materia prima aumentaron sus costes, además los Estados cambiaron sus políticas al ver imposible el mantenimiento del pleno empleo. Por todo esto y ante un clima social cada vez peor el Estado de Bienestar entró en decadencia y dejó de utilizarse un sistema que había provocado crecimiento en las décadas anteriores.
En cuanto a las políticas que se aplicaron tras la crisis se pasó de recuperar el excedente empresarial mediante la reducción de salarios a luchar por la competitividad internacional.
A principio de los ochenta se consideró que para iniciar una recuperación era necesario que los salarios reales bajasen, pero esta bajada fue concebida de dos maneras distintas: al principio esa reducción iba encaminada a recuperar el beneficio de los empresarios, su excedente, pensando que así se estimularía la inversión y habría mayor desarrollo el contar los empresarios con mayor margen de maniobra. Con esto lo que se logró fue la aparición del mercado de trabajo en el cual el trabajo era una mercancía más que se compraba y vendía, esto, por supuesto, en un marco en el que el pleno empleo estaba muy lejos.
Pero a finales de los ochenta y principios de los noventa se pasó a enfocar la reducción de los salarios reales como una manera de mejorar la competitividad con el resto de los países, en una época en la que se empezaba a hablar de mundialización de la economía.
Todas estas políticas, con más o menos acierto, no consiguieron los resultados que consiguió el Estado de Bienestar.
En la década de los ochenta Estado Unidos tuvo recuperación debida en gran parte a la actuación del estado, que incrementó el gasto público canalizando grandes presupuestos hacia el gasto militar y también debido a la reducción de los impuestos, lo que hizo que el tipo de beneficio empresarial se recuperase. Europa se aprovecho de ese crecimiento, lo que provocó un importante déficit en la balanza comercial de Estados Unidos. Pero el desempleo en Europa siguió creciendo, el pleno empleo ya no era un objetivo primordial sino que ahora lo importante para los Estados era la inflación.
Como consecuencia del gran desempleo se produce en los noventa una crisis fiscal del Estado, al reducirse la renta gravada por los impuestos, y un proceso de deslegitimación social para las personas sin empleo al no sentirse útiles para la sociedad.
En los últimos años se ha intentado un reconstrucción del Estado de Bienestar, pero para que esto sea posible se ha de conseguir el pleno empleo y no reducir el gasto social cuando se quiere reducir el gasto público. Para la consecución del pleno empleo hay varias alternativas, unas que abogan por la reducción de la jornada labora y otras que argumentan que la aplicación de impuestos por un lado mantendrían el salario real constante y por otro, y mediante la recaudación por parte del Estado, ayudaría a la provisión de bienes públicos. Pero esta provisión de bienes públicos no implicaría un mayor peso del Estado sino que debería canalizar las necesidades públicas hacia las empresas privadas mediante concesiones o subvenciones, así se incentivaría la inversión y aumentaría el empleo.
En cuanto a la distribución de la producción a nivel mundial se deberían tener en cuenta las ventajas comparativas, así los países pobres podrían dedicarse a la producción de bienes de consumo de masas que es donde tienen ventaja comparativa, de esta manera podrían desarrollarse y no dependerían de la inversión extranjera.
Además la reconstrucción del Estado de Bienestar debe pasar por la responsabilidad del Estado en cuanto a los males públicos, es decir, los Estados deben proteger el medio ambiente pensando en las generaciones futuras mediante la dedicación de presupuestos para tal fin, algo que generaría le interés de las empresas y por lo tanto, y lo que es más importante, empelo.
Rubén Román González
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