Don Quijote visto por detrás, de Cézanne
Los 400 del Quijote
El
Quijote y el arte nuevo
por Milan Kundera
Tomado
de El Cultural. Editado por Prensa Europea del Siglo XXI S.A.
Distribuido por el diario EL
MUNDO|
Aunque
Cervantes “no buscaba la gloria de un fundador”, el
Quijote es, para Milan Kundera, “el punto de partida de un arte
nuevo”. El novelista lo analiza en este ensayo, jamás
publicado en España y que es el prefacio a la edición
inglesa en la colección
En
la última página de su Don Quijote de la Mancha,
Cervantes afirma que, con este libro, se proponía un único
objetivo: “...poner en aborrecimiento de los hombres las
fingidas y disparatadas historias de los libros de caballería...”.*
Si tomamos al pie de la letra estas palabras (aunque no hay que tomar
nada al pie de la letra en este libro inasible), la novela aparece
como el sarcástico final de la literatura precedente:
legendaria, mitologizante, fantástica, heroica. No obstante,
con la perspectiva de cuatro siglos, el novelista de hoy tiende a ver
en este libro más un inicio que un final: el punto de partida
de un arte nuevo, el arte de la novela. Nadie es dueño de las
consecuencias de sus actos, y Cervantes no buscaba la gloria de un
fundador. Pertenecía a la literatura de su tiempo, y a él
pertenecían sus amigos, sus enemigos, sus ambiciones. Por el
talante de su imaginación, por sus motivos, temas, decorados,
intrigas, personajes, estaba del todo impregnado de las convenciones
literarias predominantes hasta entonces. Gracias a un hecho ínfimo,
él les ha insuflado, con este libro, un sentido enteramente
nuevo: no se tomó en serio esas convenciones. El personaje
principal de su novela es un loco muy original que se toma por un
héroe muy convencional: un pobre hidalgo de pueblo, Alonso
Quijada, que decide ser un caballero andante llamado Quijote de la
Mancha. El fundamento de toda la existencia del protagonista radica
en su voluntad de ser lo que no es; las consecuencias estéticas
son radicales para la totalidad de esta novela: nada en ella es
seguro; todo es mistificación o ilusión; todo adquiere
en ella un significado incierto y cambiante.
Y nada debe
tomarse en serio. Para que esto quede claro entre él y el
lector, Cervantes afirma que las aventuras de don Quijote habían
sido escritas por un moro y que su novela no es sino una traducción
aproximada de un texto del que no es responsable (ya que, como bien
señala, los moros son todos “embelecadores, falsarios y
quimeristas”). Que no nos sorprendan, pues, las eventuales
inconsecuencias en la presentación de hechos y personajes, ¡y
dejémonos llevar por la euforia del autor que improvisa, que
exagera, que bromea! Poco le importa que lo que cuenta sea verosímil,
¡lo que quiere es entretener, sorprender, cautivar, maravillar!
(Este ostensible descaro ante la verosimilitud cuanto más
aleja el Quijote de la novela del siglo XIX, de un Balzac, un
Dickens o un Flaubert, más lo acerca a un García
Márquez, un Rushdie, un Fuentes o un Grass.)
La primera
parte de la novela tuvo una gran repercusión cuando apareció
en 1605. Al escribir la segunda parte, Cervantes tuvo una idea
extraordinaria: los personajes con los que se va encontrando don
Quijote reconocen en él al protagonista del libro que han
leído; debaten sobre sus pasadas aventuras y él puede
comentar y corregir su imagen literaria. ¡Un juego de espejos
jamás visto antes! Un juego que va aún más lejos
gracias a un hecho inesperado: ¡antes de que él mismo
terminara la segunda parte, otro escritor hasta hoy desconocido
(oculto tras un seudónimo) se ha adelantado publicando su
propia continuación de las aventuras de don Quijote!
Cuando
Cervantes publica en 1615 el segundo tomo de su novela, hace en el
texto varias alusiones reivindicativas y despreciativas al plagiario
y desliza así en su novela otro espejo más. Después
de todas sus malaventuradas andanzas, don Quijote y Sancho están
ya camino de su pueblo cuando se encuentran a un personaje del
plagio, un tal Álvaro; ¡éste se extraña al
oír sus nombres ya que él mismo conoce a otro don
Quijote y otro Sancho! Esto ocurre pocas páginas antes del
final; última prueba de la incertidumbre de todas las cosas:
una desconcertante confrontación de los personajes con sus
propios espectros, sus dobles, sus clones.
En efecto, nada es
seguro en este mundo nuestro: ni la identidad de las personas; ni
siquiera la identidad, aparentemente tan evidente, de las cosas. Don
Quijote le quita a un barbero su bacía porque la toma por un
yelmo. Más adelante, el barbero llega por casualidad a la
venta donde está don Quijote rodeado de gente, ve su bacía
y quiere llevársela. Pero don Quijote, indignado, se niega a
tomar su yelmo por una bacía. De repente se pone en cuestión
la esencia misma de un objeto. Por otra parte, ¿cómo
probar que una bacía colocada en la cabeza no es un yelmo? Los
traviesos parroquianos, para divertirse, dan con el único
criterio objetivo para establecer la verdad: el voto secreto. Todos
participan en la votación y el resultado no da lugar a
equívocos: todos confirman que el objeto es un yelmo.
¡Admirable broma ontológica! Me contaron que el primer
sondeo de opinión pública en Francia tuvo lugar en
1938, después de los acuerdos de Munich. Mediante este
veredicto de lo más democrático, los franceses
confirmaron entonces, por aplastante mayoría, que la
inolvidable capitulación ante Hitler era un acto ejemplar y
justo. Los lectores de Cervantes no se llaman a engaño: todas
las votaciones, todos los sondeos de opinión tienen por modelo
el clásico escrutinio de la venta cervantina.
La
comicidad y la risa son propias de la vida humana desde la noche de
los tiempos; en el Quijote, se oye la risa como proveniente de las
farsas medievales; uno se ríe del caballero que lleva una
bacía a modo de yelmo, o de su escudero que recibe una paliza.
Pero, además de esa comicidad, casi siempre estereotipada,
casi siempre cruel, otra, mucho más sutil, se desprende de
esta novela. Un amable hidalgo rural invita a don Quijote a su casa
donde vive con un hijo que es poeta. El hijo, más lúcido
que su padre, detecta enseguida que el invitado es un loco. Don
Quijote incita al joven a recitarle un poema; éste se apresura
a complacerle y don Quijote hace un elogio grandilocuente de su
talento; feliz, halagado, el hijo olvida en el acto la locura del
invitado. ¿Quién es, pues, el más loco? ¿El
loco que elogia al lúcido o el lúcido que cree en el
elogio del loco? Entramos así en la esfera de esa otra
comicidad, más sutil e infinitamente más refinada, que
llamamos humor. No nos reímos porque se ha ridiculizado, o
burlado e incluso humillado a alguien, sino porque, de pronto, el
mundo aparece en toda su ambigüedad, las cosas pierden su
significado aparente, la gente se revela distinta a lo que ella misma
cree que es. Octavio Paz dice, acertadamente, que el humor es un
“gran invento” de la época moderna, vinculado al
nacimiento de la novela y en particular a Cervantes (yo añadiría:
y a Rabelais, ese otro gran precursor). El amor de don Quijote por
Dulcinea parece una inmensa broma: está enamorado de una mujer
que apenas ha entrevisto, o tal vez jamás haya visto. Está
enamorado, pero, como él mismo reconoce, sólo “porque
tan propio y natural es de los caballeros ser enamorados como al
cielo tener estrellas”. Es inolvidable la escena del capítulo
25 de la primera parte: don Quijote envía a Sancho a casa de
Dulcinea para que le cuente la inmensidad de su pasión. Pero
¿cómo demostrar la intensidad de una pasión?
¿Cómo dar la medida de un sentimiento? ¡Hay que
acudir a algo realmente grandioso! En presencia de Sancho, don
Quijote se quita, pues, el pantalón, se queda en cueros debajo
de la camisa y empieza a dar volteretas y a ponerse cabeza abajo,
patas arriba.
Toda la literatura narrativa conoce desde
siempre las infidelidades, las traiciones, las decepciones amorosas.
Pero con Cervantes lo que se cuestiona no son los amantes, sino el
amor, la noción misma del amor. Porque ¿qué es
el amor si se ama a una mujer sin conocerla? ¿La simple
decisión de amar? ¿O incluso una imitación? La
pregunta no es ninguna tontería, ni tan sólo una simple
provocación: si, desde nuestra infancia, los ejemplos del amor
no nos incitaran a seguirlos, ¿acaso sabríamos qué
significa amar? (No estamos muy lejos de Emma Bovary: sus
padecimientos sentimentales ¿acaso habrían sido tan
atroces si no la hubieran guiado ejemplos de amor romántico?)
De golpe, gracias a esa broma hiperbólica que es la pasión
de don Quijote por Dulcinea, se desgarra el velo de las certidumbres;
se abre un extenso campo, hasta entonces desconocido, en el que todas
las actitudes, todos los sentimientos, todas las situaciones humanas
se vuelven enigmas existenciales.
El pobre Alonso Quijada
quiso alzarse al personaje legendario de caballero errante. Cervantes
consiguió, para toda la historia de la literatura,
precisamente lo contrario: rebajó al personaje legendario: al
mundo de la prosa. La prosa: esta palabra no significa tan sólo:
un lenguaje no versificado; significa también: el carácter
concreto, cotidiano, corporal de la vida. Ni Aquiles ni Ulises nunca
se las tenían con sus dientes; en cambio, para don Quijote y
Sancho, los dientes son una preocupación constante, dientes
que duelen, dientes que faltan. “Porque te hago saber, Sancho,
que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más
se ha de estimar un diente que un diamante.” Pero la prosa no
es sólo el lado penoso o vulgar de la vida, es también
algo bello hasta entonces descuidado: belleza de los sentimientos
modestos, por ejemplo la de esa amistad impregnada de familiaridad
que siente Sancho por su amo. Don Quijote le regaña por su
descarado cacareo alegando que en ningún libro de caballería
un escudero se atreve a hablar así a su amo. Por supuesto que
no: la amistad de Sancho es uno de los descubrimientos cervantinos de
la nueva belleza prosaica: “...no puedo más, seguirle
tengo; somos de un mismo lugar, he comido su pan, quiérole
bien, es agradecido, diome sus pollinos, y sobre todo, yo soy fiel,
y, así, es imposible que nos pueda apartar otro suceso que el
de la pala y azadón”, dice Sancho. (Ni el Trim de
Laurence Sterne ni Jacques el Fatalista de Diderot se
dirigirán a sus amos en el mismo tono.) La muerte de don
Quijote es tanto más conmovedora cuanto que es prosaica:
desprovista de todo pathos. Tras dictar su testamento agoniza durante
tres días, rodeado de las personas que le quieren
sinceramente: sin embargo, “comía la sobrina, brindaba
el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra
o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que
deje el muerto”.
E n varias ocasiones, Cervantes
enumera largamente en la novela libros de caballería. Menciona
los títulos, pero no siempre a sus autores. El respeto por el
autor y por sus derechos morales todavía no se había
dado por aquel entonces. No obstante, cuando se entera de que otro
escritor se ha apropiado de sus personajes, reacciona como
reaccionaría un novelista de hoy: con la orgullosa ira de un
creador: “Para mí sola* nació don Quijote, y yo
para él: él supo obrar y yo escribir, solos dos somos
para en uno...”. Éste es el primer distintivo de un
personaje novelesco: una creación única e inimitable,
inseparable de la imaginación original de un único
autor. Antes de que quedara escrito, nadie podía imaginar a un
don Quijote; era en sí lo inesperado; y, sin el encanto de lo
inesperado, ningún personaje novelesco (ninguna gran novela)
fue a partir de entonces concebible. Don Quijote explica a Sancho que
Homero y Virgilio no describían a los personajes “como
ellos fueron, sino como habían de ser para quedar ejemplo a
los venideros hombres de sus virtudes”. Ahora bien, el propio
don Quijote es cualquier cosa menos un ejemplo a seguir. Los
personajes novelescos no piden que se les admire por sus virtudes.
Piden que se les comprenda, lo cual es totalmente distinto. Los
héroes de epopeyas vencen y, si son abatidos, conservan su
grandeza hasta el último suspiro. Don Quijote ha sido vencido.
Y sin grandeza alguna. Porque, de golpe, todo queda claro: la vida
humana como tal es una derrota. Lo único que nos queda ante
esta inapelable derrota llamada la vida es intentar comprenderla.
Ésta es la razón de ser del arte de la novela.
*
Cervantes deja hablar aquí a su pluma. (De nota 49, pág.
1223, Op. cit.)
© Milan Kundera, 1999. © de la
traducción: Beatriz de Moura, 1999
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