DON QUIJOTE LIBERADO
La criatura de Cervantes sigue bien viva al recordarnos el valor de la libertad y los peligros del poder
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JOSE MANUEL Fajardo |
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Tomado de La Voz de Asturias
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La literatura triunfa cuando consigue incorporar a un personaje de ficción a la galería de los seres humanos de carne y hueso. Son personajes que se vuelven referencias cotidianas. Tan reales como cualquiera de nosotros, pues bien podemos decir que somos solitarios como Robinson, enamorados como Romeo, viajeros como Ulises o locos soñadores como Don Quijote. Más allá del estilo, del arte de la palabra, una obra literaria se consagra al consagrar al personaje que crea. Qué decir entonces cuando a esa capacidad de dar vida a una criatura de ficción se unen un lenguaje extraordinario y una estructura narrativa inteligente y original? Bueno, a eso es a lo que llamamos una obra maestra. Y ése es el caso del Quijote, cuyo cuarto centenario se conmemora este año. Una obra se considera realmente maestra (más allá de los comentarios que se apresuran a declarar como tales obras coetáneas que luego no resisten el paso del tiempo), cuando goza ya de una vida más que centenaria. Cuando su valor ha sido reconocido por sucesivas generaciones. Pero su entronización la coloca en lo que podríamos llamar el Museo de la Literatura. Un honor que implica el riesgo de quedar convertida en pieza de museo, es decir, en algo inmutable. Y ahí está el problema, pues precisamente la maestría de una obra nace en su capacidad de generar vida. La gran literatura se avecina a la vida, tiene ansia de vida. Su conversión en pieza de museo de algún modo la traiciona y niega. EL EFECTO MÁS negativo de esa consagración es que, al convertir a la obra en objeto de estudio académico, la saca de la dimensión placentera que la vio nacer. El caso del Quijote es en este punto casi escandaloso. Cervantes escribió su novela con la declarada intención de hacer reir a los lectores, enredándolos en su laberinto de historias en medio de las cuales desgranaba su pensamiento. Pero el Quijote se ha convertido en libro de obligada lectura y estudio escolar, sometido a un discurso académico que muchas veces cae en la pedantería, perversión intelectual que como todo el mundo sabe suele rayar en la pura tontería. Recuerdo el horror que me inspiraba su obligada lectura en mi infancia. Me llevó años descubrir el placer de la lectura de las aventuras de Don Quijote y sólo lo logré cuando me olvidé de admirarla y me dejé seducir por su historia. Cuando lo bajé del pedestal del Museo de la Literatura. La primera tarea, pues, que todo lector debe emprender cuando toma en sus manos una obra maestra es liberarla del docto y atosigante amor de sus exégetas. Sacarla de los pañales que la asfixian. Abrir la ventana del cuarto donde cría moho y dejar que entre por ella la vida a chorros. Qué vida? La del propio lector. Porque es el lector el que nutre de vida a los libros. Es en el juego de espejos de su mirada donde la literatura se cumple, más allá del momento de la escritura que no deja de ser una propuesta, una invitación. Y, dentro de esas lecturas, adquieren especial relieve aquellas que realizan otros escritores. Porque ese lector privilegiado e inquieto que es cada escritor se alimenta a su vez de la escritura de los otros. Por eso en el espejo de la figura de Don Quijote se han mirado a lo largo de estos cinco siglos tanto Laurence Sterne y Diderot como Nabokov o García Márquez. Descendientes de los personajes de Cervantes son de algún modo el valeroso soldado Schweijk, del checo Jaroslav Hasek; los británicos protagonistas de Los papeles póstumos del Club Pickwik, de Charles Dickens; los Hijos de la medianoche del nacimiento de la India que retrata Salman Rusdhie; los Bouvard y Pecuchet, de Flaubert, y el barón que un día decidió vivir en los árboles, imaginado por Italo Calvino. BIEN PUEDE decirse que cada época ha hecho su propia lectura del Quijote y que dicha lectura nos dice mucho de la sociedad de ese momento. Cuál será la lectura quijotesca de nuestros temibles tiempos, de estos sangrientos inicios del siglo XXI? La respuesta seguramente la estamos construyendo entre todos aquellos lectores que de nuevo visitamos las páginas de Cervantes y nos embarcamos en las aventuras de su criatura con ojos inevitablemente nuevos, los mismos que se fatigan ante la pantalla de un ordenador. Lo más hermoso es que al releer las peripecias de aquel hidalgo loco empeñado en hacer verdad sus ideales, uno siente que, de alguna manera, su voz salta la barrera del tiempo para hablarnos, para nombrar también nuestro mundo, para recordarnos que "la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre, por la libertad puede y debe aventurar la vida"; y también que "los oficios mudan las costumbres, y podría ser que viéndoos gobernador no conociéseis a la madre que os parió". Sin duda, Don Quijote sigue bien vivo. |