El Quijote de los autores
Doce escritores eligen sus escenas favoritas
Tomado de El Cultural
Una decena de autores (Cees Nootebom, Vargas Llosa, Fernán Gómez, Muñoz Molina, Saramago, Luis Landero, Nieva, Carlos Bousoño, Gamoneda, Jaime Siles y Javier Cercas) escogen su escena favorita del libro

En
un lugar de La Mancha...
“Confieso que desde la primera
vez que vi los molinos de viento en la Mancha, esa escena me pareció
inolvidable –afirma Cees Nooteboom– pero, a pesar
de eso, casi prefiero el comienzo, con esa confusión sobre el
nombre verdadero del Quijote, porque marca magistralmente el tono de
todo lo que luego va a acontecer, de todo lo que viene después”.
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuentbo; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición...”

En
esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos...
La escena
predilecta de Vargas Llosa es la de los molinos de viento, a la que
aludió en su discurso del premio Cervantes en 1995, asegurando
que “los lectores se identifican con el Quijote que ha
sucumbido a la tentación de lo imposible tratando de vivir la
ficción”. Quizá porque, como repite el escritor
peruano, de experiencias como la de los molinos de viento, don
Quijote no saca “una lección de realismo” y acaba
ganando la partida.
“En esto, descubrieron treinta o
cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como
don Quijote los vio, dijo a su escudero:
–La ventura va
guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear;
porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren
treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso
hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos
comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran
servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la
tierra.
–¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.
–Aquéllos que allí ves -respondió su
amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos
leguas.
–Mire vuestra merced -respondió Sancho- que
aquéllos que allí se parecen no son gigantes, sino
molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas,
que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
–Bien
parece –respondió don Quijote– que no estás
cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes...que yo voy a
entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y diciendo esto, dio
de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su
escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna,
eran molinos de viento, y no gigantes...”

Dichosa
edad y siglos dichosos aquéllos...
Para Fernando
Fernán-Gómez, que no sólo ha interpretado al
Quijote en el cine sino que lo ha adaptado a la escena en varias
ocasiones, la última hace menos de un año, su escena
favorita del Quijote es la del célebre discurso de la Edad
Dorada (capítulo XI).
“–Dichosa edad y
siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre
de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de
hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga
alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban
estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad
todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su
ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle
de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con
su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos,
en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les
ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de
los árboles formaban su república las solícitas
y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés
alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los
valientes alcornoques despedían de sí, sin otro
artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas
cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas
estacas sustentadas, no más que para la defensa de las
inclemencias del cielo. Todo era paz entonces...”

Cuando
Sancho oyó las palabras de su amo...
“Mi favorita
–explica José Saramago– es la escena de los
batanes, que está en el capítulo XX. Por el miedo de
Sancho, por la simulada valentía de Quijote, por creer que la
cosa es una y al final es otra; por la carcajada que di cuando la leí
por primera vez. Y también por la noche, por la soledad de los
dos pobres diablos de quienes la realidad se está
riendo.”
“Cuando Sancho oyó las palabras de
su amo, comenzó a llorar con la mayor ternura del mundo, y a
decirle: Señor, yo no sé porque quiere vuestra merced
acometer esta tan tenebrosa aventura; ahora es de noche, aquí
no nos ve nadie, bien podemos torcer el camino y desviarnos del
peligro, aunque no bebamos en tres días; y pues no hay quien
nos vea, menos habrá quien nos note de cobardes: cuanto más
que yo he oído muchas veces predicar al cura de nuestro lugar,
que vuestra merced muy bien conoce, que quien busca el peligro perece
en él: así que no es bien tentar a Dios acometiendo tan
desaforado hecho, donde no se puede escapar sino por milagro; y basta
lo que ha hecho el cielo con vuestra merced en librarle de ser
manteado como yo lo fui, y en sacarle vencedor, libre y salvo entre
tantos enemigos como acompañaban al difunto; y cuando todo
esto no mueva ni ablande ese duro corazón, muévale el
pensar que apenas se habrá vuestra merced apartado de aquí,
cuando yo de miedo dé mi ánima a quien quisiera
llevarla. Yo salí de mi tierra, y dejé hijos y mujer
por venir a servir a vuestra merced, creyendo valer más, y no
menos...”

Porque
sé que una de las partes de la prudencia...
“Hay
muchas –relata Muñoz Molina– pero una de las que
me impresionan es la de los galeotes, ese momento tremendo en que don
Quijote dice: “No está bien que unos hombres se hagan
verdugos de otros hombres, no yéndoles nada en ello”.
Releí el capítulo XXII cuando se publicaron las fotos
de las torturas de Iraq, y me saltó ante los ojos como si
nunca hubiera visto esas palabras”.
“–...Pero,
porque sé que una de las partes de la prudencia es que lo que
se puede hacer por bien no se haga por mal, quiero rogar a estos
señores guardianes y comisario sean servidos de desataros y
dejaros ir en paz, que no faltarán otros que sirvan al rey en
mejores ocasiones, porque me parece duro caso hacer esclavos a los
que Dios y naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores
guardas –añadió don Quijote–, que estos
pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya
cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de
castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres
honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada
en ello. Pido esto con esta mansedumbre y sosiego, porque tenga, si
lo cumplís, algo que agradeceros; y cuando de grado no lo
hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo,
harán que lo hagáis por fuerza.
—¡Donosa
majadería! –respondió el comisario. ¡Bueno
está el donaire con que ha salido a cabo de rato! ¡Los
forzados del rey quiere que le dejemos, como si tuviéramos
autoridad para soltarlos, o él la tuviera para mandárnoslo!
Váyase vuestra merced, señor, norabuena su camino
adelante y enderécese...”

En
el espacio que tardó el leonero en abrir...
“¡Hay
tantas! –se lamenta Luis Landero–, pero, en fin, digamos
que la del Caballero del Verde Gabán con la Aventura de los
leones, que está en el capítulo XVII de la segunda
parte del Quijote. Impresionante”.
“En el espacio
que tardó el leonero en abrir la jaula primera estuvo
considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes
a pie que a caballo, y, en fin, se determinó de hacerla a pie,
temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los
leones. Por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y
embrazó el escudo, y desenvainando la espada, paso ante paso,
con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner
delante del carro encomendándose a Dios de todo corazón,
y luego a su señora Dulcinea. Y es de saber que, llegando a
este paso, el autor de esta verdadera historia exclama y dice: “¡Oh
fuerte y sobre todo encarecimiento animoso don Quijote de la Mancha,
espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo, segundo y
nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de los
españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré
esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré
creíble a los siglos venideros, o qué alabanzas habrá
que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre
todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú
intrépido...”

Iba
don Quijote dando voces...
Para Francisco Nieva, “fascinado
por el libro”, la mejor de las escenas del libro es la de la
Cueva de Montesinos, que se encuentra en la segunda parte del libro
(capítulo XXII) “cuando Don Quijote es descolgado con
unas cuerdas. Es su-rrealismo puro, mágico,
divertidísimo”.
“Iba don Quijote dando
voces que le diesen soga y más soga, y ellos se la daban poco
a poco, y cuando las voces, que acanaladas por la cueva salían,
dejaron de oírse, ya ellos tenían descolgadas las cien
brazas de soga, y fueron de parecer de volver a subir a don Quijote,
pues no le podían dar más cuerda. Con todo eso, se
detuvieron como media hora, al cabo del cual espacio volvieron a
recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno, señal
que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro, y,
creyéndolo así Sancho, lloraba amargamente y tiraba con
mucha prisa por desengañarse; pero llegando, a su parecer, a
poco más de las ochenta brazas, sintieron peso, de que en
extremo se alegraron. Finalmente, a las diez, vieron distintamente a
don Quijote, a quien dio voces Sancho, diciéndole: “Sea
vuestra merced muy bien vuelto, señormío, que ya
pensábamos que se quedaba allá para casta.”
Pero
no respondía palabra don Quijote, y, sacándole del
todo, vieron que traía cerrados los ojos, con muestras de
estar dormido. Tendiéronle en el suelo y desliáronle, y
con todo esto, no despertaba”.

Cubriéronse,
y sintiendo don Quijote...
La escena del Quijote que más le
gusta al poeta Carlos Bousoño “es la de Clavileño
(capítulo XLI, parte II), en la que Don Quijote y Sancho,
sabiéndose engañados por los duques, disfrutan de su
viaje por los cielos en un caballo de palo. Es, quizá, la
escena más cruel del libro”.
“Cubriéronse,
y sintiendo don Quijote que estaba como había de estar, tentó
la clavija, y apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando todas las
dueñas y cuantos estaban presentes levantaron las voces,
diciendo: –¡Dios te guíe, valeroso caballero!
–¡Dios sea contigo, escudero intrépido!
–¡Ya,
ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad
que una saeta!
–¡Ya comenzáis a suspender y
admirar a cuantos desde la tierra os están mirando!
–¡Tente,
valeroso Sancho, que te bamboleas! ¡Mira no cayas; que será
peor tu caída que la del atrevido mozo que quiso regir el
carro del Sol, su padre!
Oyó Sancho las voces, y
apretándose con su amo y ciñiéndole con los
brazos, le dijo:
–Señor, ¿cómo dicen
éstos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces, y
no parecen sino que están aquí hablando, junto a
nosotros?
–No repares en eso, Sancho; que como estas cosas
y estas volaterías van fuera de los cursos ordinarios, de mil
leguas verás y oirás lo que quisieres. Y no me aprietes
tanto, que me derribas...”

Mirad
si queréis otra cosa...
A diferencia de otros, Antonio
Gamoneda no duda un instante: “Mi escena predilecta del Quijote
es la del juicio de Sancho, cuando es seudogobernador de Barataria, y
acaba demostrando que es más justo, sensato y cabal que muchos
jueces, y que además se está quijotizando”.
–Mirad
si queréis otra cosa —dijo Sancho—, y no la dejéis
de decir por empacho ni por vergüenza.
–No, por cierto
—respondió el labrador.
Y, apenas dijo esto, cuando,
levantándose en pie el gobernador, asió de la silla en
que estaba sentado y dijo:
–¡Voto a tal, don patán
rústico y mal mirado, que si no os apartáis y ascondéis
luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza!
Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas
te vienes a pedirme seiscientos ducados?; y ¿dónde los
tengo yo, hediondo?; y ¿por qué te los había de
dar, aunque los tuviera, socarrón y mentecato?; y ¿qué
se me da a mí de Miguel Turra, ni de todo el linaje de los
Perlerines? ¡Va de mí, digo; si no, por vida del duque
mi señor, que haga lo que tengo dicho! Tú no debes de
ser de Miguel Turra, sino algún socarrón que, para
tentarme, te ha enviado aquí el infierno. Dime, desalmado, aún
no ha día y medio que tengo el gobierno, y ¿ya quieres
que tenga seiscientos ducados?
Hizo de señas el maestresala
al labrador que se saliese de la sala, el cual lo hizo cabizbajo...

Sucedió,
pues, que yendo por una calle...
Aunque duda entre varias, al
final Jaime Siles se decanta por la visita que don Qujiote hace a una
imprenta, durante su estancia en Barcelona (parte II, capítulo
LXII), “porque me pasa lo mismo que con las Hilanderas de
Velázquez: me parece que oigo el ruido de la
imprenta”.
“Sucedió, pues, que yendo por
una calle alzó los ojos don Quijote, y vio escrito sobre una
puerta, con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros;
de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había
visto emprenta alguna, y deseaba saber cómo fuese. Entró
dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar en una parte,
corregir en otra, componer en ésta, enmendar en aquélla,
y, finalmente, toda aquella máquina que en las emprentas
grandes se muestra. Llegábase don Quijote a un cajón y
preguntaba qué era aquéllo que allí se hacía;
dábanle cuenta los oficiales, admirábase y pasaba
adelante. Llegó en otras a uno, y preguntóle qué
era lo que hacía. El oficial le respondió:
–Señor,
este caballero que aquí está –y enseñóle
a un hombre de muy buen talle y parecer y de alguna gravedad–
ha traducido un libro toscano en nuestra lengua castellana, y estoyle
yo componiendo, para darle a la estampa.
–¿Qué
título tiene el libro? –preguntó don Quijote.
–A
lo que el autor respondió:
–Señor, el libro,
en toscano, se llama Le bagatele”.

Las
misericordias– respondió...
La escena preferida de
Javier Cercas es la de la muerte, en el capítulo final,
“cuando un Alonso Quijano enfermo y desegañado, al borde
mismo de la muerte, declara que tiene el juicio libre y claro y que
ya no es Don Quijote sino Alonso Quijano”.
“–Las
misericordias —respondió don Quijote—, sobrina,
son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como
dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya, libre y claro,
sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me
pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de
las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y
no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que
no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que
sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría
hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi
vida tan mala que dejase renombre de loco, que, puesto que lo he
sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame,
amiga, a mis buenos amigos: el cura, al bachiller Sansón
Carrasco y a maese Nicolás, el barbero, que quiero confesarme
y hacer mi testamento. [...]
"Dadme albricias, buenos
señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino
Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno.
Ya soy enemigo de Amadís de Gaula..."
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| AreasYMateriasEducativas: | |
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| TemAtica: | IVCentenarioQuijote |